Un babyboomer en un startup…

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Este artículo es de Chip Conley, asesor en Airbnb, publicado en la Harvard Business Review, junio de 2017

Entré a trabajar en Airbnb con 52 años y esto es lo que he aprendido sobre edad, tecnología y RRHH.

Un número cada vez más grande de personas se sienten como viejos cartones de leche con la fecha de caducidad impresa sobre sus arrugadas frentes. Una de las paradojas de nuestro tiempo es que los baby boomers (las personas nacidas durante la explosión de natalidad experimentada después de la Segunda Guerra Mundial) disfrutan de un mejor estado de salud que nunca, todavía se consideran jóvenes y forman parte de la fuerza de trabajo más tiempo, pero se sienten menos y menos relevantes. Les preocupa, con razón, que sus superiores y empleadores potenciales vean su edad como una desventaja en lugar de un factor positivo, sobre todo en la industria tecnológica.

Sin embargo, los trabajadores de “cierta edad” nos parecemos más a una botella de buen vino que a un cartón de leche, sobre todo ahora, en la era digital. Al sector tecnológico, el mismo que se ha dado a conocer por culturas de trabajo tóxicas y consejeros delegados que van trabajar con sudadera y capucha, le vendría bien una dosis de la tranquilidad y sabiduría que aportan los años.

Yo fundé una empresa de hoteles boutique cuando tenía 26 años y, tras 24 años como CEO, la vendí en el punto más bajo de la Gran Recesión de 2008 sin saber qué vendría después. Entonces, surgió Airbnb. A principios de 2013, su cofundador y CEO, Brian Chesky, contactó conmigo después de leer mi libro Peak: How Great Companies Get Their Mojo from Maslow. Chesky y sus dos cofundadores millennials querían que les ayudara a convertir su expansiva start-up tecnológica en un gigante internacional como Director global de Hospitalidad. Sonaba bien. Pero yo era un hombre de hoteles chapado a la antigua y nunca había utilizado Airbnb. Ni siquiera tenía la app de Uber en mi móvil. Tenía 52 años, nunca había trabajado para una empresa tecnológica, no programaba, le doblaba la edad al empleado medio de Airbnb y, después de dirigir mi propia empresa durante más de dos décadas, reportaría a un tipo inteligente 21 años menor que yo. Me sentía un poco intimidado. Pero acepté el trabajo.

En mi primer día, escuché una pregunta tecnológica existencial durante una reunión y no supe contestarla: “Si despliegas una prestación y nadie la utiliza, ¿se ha llegado realmente a desplegar?” Confuso, me di cuenta de que me encontraba en un buen lío: ni siquiera sabía qué significaba “desplegar” un producto digital. Brian me había pedido ser su mentor, pero también me sentía como un becario.

Me di cuenta de que tendría que encontrar la manera de ser ambos.

Primero, aprendí rápidamente que necesitaba olvidarme estratégicamente de mi identidad profesional histórica. La empresa no necesitaba dos CEO, ni que yo pontificara mi sabiduría desde el púlpito de los ancianos. Más que nada, me limitaba a escuchar y observar con gran atención mientras evitaba los juicios y el ego. Me veía a mí mismo como un antropólogo cultural, intrigado y fascinado por este nuevo hábitat. Parte de mi trabajo consistía en simplemente observar. A menudo, tras concluir alguna reunión, le preguntaba discretamente a uno de mis compañeros -que fácilmente podría tener veinte años menos que yo- si estaba dispuesto a escuchar unos consejos personales sobre cómo interpretar las emociones dentro de la sala, las motivaciones de un ingeniero en particular, de una manera un poco más eficaz.

Eso me lleva a lo segundo que aprendí y que puede resumirse en un acuerdo comercial de una única línea: “Yo te ofreceré un poco de inteligencia emocional a cambio de tu inteligencia digital”. Muchos jóvenes pueden leer “la cara” de su iPhone mejor que la de la persona que tienen al lado. No digo que los jóvenes no entiendan las emociones. Nuestro mundo digital rebosa de emoticonos, y el término “emo” no existía cuando frecuentaba el patio del colegio. Pero los emoticonos no crean habilidades interpersonales ni para las relaciones cara a cara. De repente, me veía rodeado de personas expertas en tecnología, pero que quizá ignoraran que ser un poco más “emocionalmente sofisticadas” podría ser justo lo que necesitaban para convertirse en líderes geniales. Me di cuenta de que esperamos que los nuevos líderes de la era digital pongan en práctica de forma milagrosa las claves de las relaciones personales sin apenas formación, la misma que a nosotros, sus mayores, nos llevó el doble de tiempo aprender. Con los años, aprendí que ser un becario en público y un mentor en privado era esencial: nadie quiere ser criticado durante una reunión por alguien que suene como su padre.

También descubrí que mi mejor táctica era reinterpretar mi desorientación como curiosidad y darle rienda suelta. Hice muchas preguntas de “¿por qué?” y de “¿y si…?”; renuncié a los “¿qué?” y “¿cómo?” en los que se centran la mayoría de los altos directivos. No podía hacer otra cosa. Pertenecer a una empresa tecnológica era nuevo para este viejo. Mi mentalidad de principiante nos ayudó a identificar nuestros puntos ciegos un poco mejor porque estaba libre de rutinas y hábitos de experto. Solemos considerar los “¿por qué?” y los “¿y si…?” como preguntas de niños pequeño, pero no tiene por qué. De hecho, según mi experiencia, puede resultar más fácil a la gente más mayor reconocer cuánto desconocemos todavía.

Paradójicamente, esta curiosidad nos mantiene jóvenes. El teórico de la gestión Peter Drucker era notablemente curioso. Vivió hasta los 95 años, y una de las maneras en las que envejeció sano fue sumergirse en nuevos temas que le interesaran, desde el arreglo floral japonés o ikebana hasta las tácticas de guerra medievales.

Aunque algunas colegas de más edad en el ámbito tecnológico creen que tienen que ocultar su edad, pienso que hacerlo es desperdiciar una oportunidad. Mostrarme y actuar de forma abierta me ayudó a triunfar en el mundo tecnológico. He pasado toda una vida sintiendo curiosidad por las personas y las cosas, algo que supongo significa que puedo considerarme una persona leída y bien relacionada. No estoy seguro de que haya alguien dentro de Airbnb a quien se le haya pedido charlar un rato con un grupo más diverso de trabajadores. Siempre me esforcé al máximo por responder con un “sí” entusiasta a estas peticiones. Y lo agradezco. Porque si mapeara todas esas conversaciones con todas las islas (o departamentos) de la empresa, se apreciaría una nutrida red de relaciones y conocimientos. Esto me ha servido aún más para desempeñar mi papel como consejero estratégico de los fundadores, puesto que me permitía tener una idea fundamentada del pulso de la empresa y sus varios equipos.

Los baby boomers y millennials tienen mucho que ofrecer, y hay mucho que pueden aprender los unos de los otros. Aquí entra el “viejo moderno”, que sirve y aprende tanto como mentor como becario, el mismo que disfruta de ser tanto alumno como sabio. La oportunidad de aprendizaje intergeneracional es especialmente importante para los baby boomers, ya que tenemos probabilidades de vivir 10 años más que nuestros padres. Sin embargo, los grupos y puestos de poder dentro de la sociedad digital se han desplazado unos 10 años hacia abajo. Esto significa que los baby boomers podrían experimentar 20 años adicionales de irrelevancia y obsolescencia. El hecho de que el número de trabajadores de 65 años o más del año pasado en Estados Unidos fuera un 125 % más alto que en 2000 presagia una tragedia para los recursos humanos.

La sabiduría y la experiencia implican el reconocimiento de patrones. Y cuanto más mayor es una persona, más patrones ha visto. Me encanta el viejo refrán: “Cuando se muere un anciano, es como si se hubiera quemado una biblioteca”. En la era digital, las bibliotecas –como los ancianos– no son tan populares como antes, pero la sabiduría nunca pasa de moda.

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La edad es un concepto obsoleto: Midorexia

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Excelente artículo aparecido en “El País”, basado en un whitepaper publicado por la consultora Euromonitor, “Top 10 Global Consumer Trends for 2017”, en el que se explican los cambios sociológicos que se están operando en nuestra sociedad, con la edad como protagonista (la prolongación de la edad y la salud están cambiando muchas cosas que conviene analizar):

Instagram suele ser un buen termómetro para medir las tendencias. A más apoyo hacia una foto, más consenso en torno a la idea de que representa lo guay, lo cool, lo aspiracional. Gracias a la red social de las imágenes montones de personas con algún kilo de más se animaron a hacer yoga sin ningún tipo de pudor, descubrimos que hay un pequeño pueblo en Austria al que siempre quisimos viajar sin saberlo y que los huevos batidos al horno, no solo son preciosos, sino además ligeros. La última pista que nos dan estas fotos compartidas con la comunidad es que se puede apostar por físico, la salud y el máximo bienestar, independientemente de la edad: ya no se encumbra a los millennials por el mero hecho de serlo, sino que se trata de atesorar otras cualidades que no constan en el DNI. Ni se las espera.

El ánimo por despojar de la connotación negativa al término cincuentón (y en adelante) se refuerza. No en vano, el informe 10 Tendencias Globales para 2017, publicado por la multinacional de estudios de mercado Euromonitor International, pone de relieve cómo se configura una “economía de la longevidad” que ayudará a seguir borrando los límites entre las generaciones. Porque, poco a poco, el comportamiento de los “adultos”, de aquellos que ya han vivido más de medio siglo, se parece más al del consumidor joven. A nadie le disgusta la buena vida y todo el mundo se resiste a conformarse con hacer “cosas de gente de su edad”. La tendencia tiene incluso un término: midorexia. Acuñado por la periodista británica Shane Watson, se define como “la creencia de que no solo se puede ser atractivo para siempre, sino que, de hecho, la edad nos convierte en personas todavía más seductoras y sería un crimen no aprovecharnos al máximo de ello antes de que sea tarde”.

Y eso se nota, y se explota, en casi todos los aspectos de la vida. Las barreras de la edad se diluyen en lo que a relaciones, belleza, moda o deporte se refiere, porque los años, como hasta ahora estaban concebidos, ya no existen.

“El deterioro físico obedece más a factores ambientales y a hábitos de vida que al envejecimiento real”, constata el divulgador científico Darío Pescador, que ha plasmado la técnica del biohacking (gestión de la propia biología a través de técnicas médicas, nutricionales y electrónicas) en su libro Operación Transformer. “Con ella, te das cuenta de que cualquiera puede estar en una forma física envidiable, tenga la edad que tenga, y de que no existen deportes para jóvenes y deportes para mayores”, explica: “Practicar cualquier deporte de forma inteligente, en la medida de las posibilidades personales y sin fijarse en el año de nacimiento, no está prohibido para nadie y, de hecho, es más que recomendable”. No hay más que detenerse en casos como el de Madonna Buder, La Monja de Hierro,que completó junto a decenas de jóvenes su primer triatlón con 65 años, y fue reconocida con el récord mundial de la persona más longeva en completar un Ironman… habiendo cumplido los 82.

Madres e hijas que comparten ropa

Fiel reflejo de esta tendencia son las cada vez más habituales campañas publicitarias de firmas de moda, cosmética o bebidas, que dejan poco a poco de establecer diferencias por segmentos en su público. Lara Cereza es experta en moda y tendencias y actualmente trabaja en Londres para una firma de diseño internacional. Desde allí, ha vivido estos cambios de paradigma y ha comprobado como “muchas marcas abogan por una moda indistinta para madres e hijas, enfocadas al 100% a poder compartir las últimas prendas sin que nadie se sienta fuera de lugar”. Recuerda que algunas de las mujeres más influyentes del mundo de la moda, como María Grazia Chiuri o Anna Wintour, superan los 45, y se sientan junto a veinteañeras, sin que nadie en el grupo destaque. “Las campañas diferenciadas dependiendo del consumidor han cedido terreno a las que difuminan los estereotipos relacionados con la edad”, zanja.

La gastronomía también sabe dirigirse a todo aquel que busca probar y degustar, a los que encuentran en la comida y la bebida la mejor forma de disfrutar de la vida, sin contar canas ni arrugas. La última campaña de San Miguel 0,0, con su iniciativa #CaminoABienestar, es un ejemplo claro: un recordatorio de que nunca es tarde para empezar a cuidarse, y que se puede gozar haciéndolo, en un camino propio que cada uno debe encontrar.

Juan Luis Saldaña es director de estrategia de Relevant.Ninja, empresa especializada en marketing e imagen de marca. Y lo tiene claro: “Si ahora vivimos más y llegamos a determinada edad en muy buenas condiciones, es lógico que queramos seguir viviendo plenamente”. Asegura que las marcas son, muchas veces, las primeras en propiciar estos cambios de concepto, dado que se dan cuenta de que los adultos son un público al que tener presente porque “lo más probable es que tengan una economía saneada y que sus ganas de viajar, de conocer, de probar y experimentar, igual que las de la gente joven, sean muy altas”.

Un bienestar nuevo e integrador

“La jubilación ya no genera viejos, sino gente en plenitud de forma física, ávida de nuevas vivencias”, comenta Pilar Rodríguez, presidenta de la Fundación Pilares, enfocada a la búsqueda de autonomía personal. En su estudio Envejecer sin ser mayor ha constatado que los adultos de hoy, los que ya han pasado la cincuentena, “se reconocen en una etapa vital en la que tienen a su alcance muchas opciones de crecimiento personal” y, además, “ningún joven se extraña. La mayoría tienen la suerte de tener abuelos no demasiado mayores y los ven como personas activas, implicadas y alejadas de los estereotipos clásicos”. Por eso, ya casi nadie dice aquello de “es demasiado mayor para…”. Vestir vaqueros ajustados, montar en globo, merendar pizza… ¿qué más da? El bienestar en un estadio abierto e integrador.